A veces pienso cuánto bien nos haría la aceptación…, pero tan sólo de una persona. Hoy pensé en eso por alguna razón y de inmediato el clásico impulso por escribir. Todos estamos buscando aceptación, por eso nos arreglamos, por eso nos comportamos de cierta manera, por eso incluso a momentos “actuamos”. Sé que cuando alguien ya ha avanzado demasiado en su espiritualidad, se va despojando de esa necesidad de aprobación. ¡Es una dicha! Pero hay un gran pero. Pareciera que existe una prueba final al proceso de ir desprendiéndose de la necesidad de aceptación, de más personas a menos y hasta llegar quizá a una. Esa “una” persona que para nosotros tiene una enorme importancia su opinión. ¡Gran prueba! El poder de una sola persona.
Cualquiera que se jacte de vivir una nueva conciencia ha aprendido a irse desprendiendo del qué dirán… “los demás”. Pero… ¿Qué tal esa única persona con la que no podemos sentirnos bien siendo tal cual realmente somos? Hoy se me ocurrió que para que no nos importe el qué dirán “los demás” quizá simplemente hace falta dejar de escucharlos, pero para que no nos importe el qué dirá esa única persona, hay que hablar. Y precisamente en ese hablar es donde radica la prueba final de todos los que vamos avanzando en el terreno espiritual.
Creo que cuando ya no haya ni una sola persona de la que nos importe su juicio, entonces daremos el gran salto. Pero ni una sola, no basta ni siquiera la abrumadora mayoría. Estoy cavilando que para ese gran salto, no es suficiente ni el 99 por ciento. Hay que llegarle al 100. Para ello hay que seguir trabajando en nuestra evolución. Cavilaciones que me terminan de dar vueltas en la cabeza a la 1:18 am.

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