
La recién pasada Semana Santa, el Triduo Pascual, la Liturgia de la Vigilia Pascual, la Pascua y empezar a leer con profunda atención los Hechos de los apóstoles, me han inspirado hoy a compartirte una parte medular de mi filosofía de vida, una explicación que he dado en muchas de mis conferencias. A lo largo de mi vida he aprendido que no se desea lo que no se aprecia, y no se aprecia lo que no se valora, y no se valora lo que no se conoce. Esta sencilla cadena de ideas encierra una verdad poderosa: el deseo, al grado de generar acción dirigida con el esfuerzo que requiera, nace del conocimiento; así como el desdén, menosprecio y rechazo, de la ignorancia. Precisamente por eso, de manera deliberada, quise abrir este texto con esa primera frase. Si no sabes nada de estos temas (o supones —que es prácticamente lo mismo—), sentirás rechazo y suspenderás tu lectura.
De lo contrario, seguirás.
Si por lo menos hay en ti una chispa de curiosidad, sentirás el bendito impulso de querer saber más. Empiezas a jalar del hilo. Por eso creo que es casi «bendita» la curiosidad, porque es una emoción que impulsa a buscar información, experiencias y conocimientos nuevos, fomentando la exploración y el aprendizaje, pudiendo ser el pequeño inicio de una grandiosa e inesperada transformación. La punta del hilo de esta madeja no sabes lo que te podrá revelar. El agujero del conejo de Alicia en el país de las maravillas.
Sin conocer algo —o a alguien—, no hay punto de partida para que brote el aprecio, mucho menos el anhelo, ya un sueño imposible sería imaginar la acción (pagar el precio) que te dirigiera hacia lo anhelado. Y te digo, este principio se aplica a casi todo lo esencial en la vida: a una persona, a la fe, al arte, a la salud, al amor, a la libertad.
Ya no sé si decir «con cierta vergüenza» o «con gran fortuna» descubrí, apenas a mis 55 años de edad, algo de lo que no sabía nada. Nada. De esta manera, me mantuve totalmente incapacitado para apreciar, incapacitado «motu proprio», para vivir la maravilla de poder desear y dirigirme hacia lo conocido con asombro. Y quizá, algo peor: con ignorancia de esa ignorancia. Pero cuando un tema te ronda, ya no puede uno argumentar tal condición. Ya se asoma un sutil llamado a saber.
Y pues sí, la ignorancia paraliza, cuando entiendes la cadencia conceptual con la que he abierto este artículo para ti. De hecho, me gustó usar la palabra «asombro» en mi párrafo anterior, dado que la «a-» es símbolo de privación, y «-sombro» hace clara alusión a la sombra. Asombrarse es quitarse de la sombra, por recibir la luz del conocimiento. Así, hoy te confesaré que…
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