Ayer no hice algo extraordinario… aparentemente. No concluí una hipótesis nueva ni terminé algún libro. Pero pasé varias horas, muchas, frente a mi computadora haciendo pequeños ajustes a mi sitio web y diseñando un logotipo. Cambié colores, moví imágenes apenas unos píxeles, probé tamaños, deshice decisiones y volví a empezar más de una vez. Bendita IA que para eso sí la uso. Crear imágenes antes era un suplicio, hoy un placer. Bueno…, cuando te entiende la IA. Pero… nos entendimos. Lo que pasa es que hasta la IA terminó diciéndome que yo era muy detallista y que se notaba mi obsesión al diseñar, mientras ella solo obedecía.
Luego, cerca de la medianoche, me puse a crear esta columna para ti. Sentía que no me podría dormir en paz si no te escribía.
Al terminar el día me sorprendió, una vez más, una sensación difícil de describir pero que me es familiar: me sentía extraordinariamente bien. Sentía felicidad, una muy personal.
Con todo lo que he creado en mi vida, he llegado a entender que esa satisfacción no proviene del resultado, que sin duda es placentero, sino del proceso. La felicidad está escondida en el proceso, ahí donde sucede el diligente trabajo, la magia de la concentración que esfuma el tiempo, la atención que desdibuja el mundo entero para solo poder ver aquello que estamos creando. ¡Es fascinante lograr concentrarse así por horas y horas!
Pero sucede algo más… Mientras creaba algo, algo también se estaba creando dentro de mí.
Cada decisión despertaba otra idea. Cada pequeño avance me invitaba a seguir. Se pierde la noción del tiempo, y esa es una de las señales más claras de que estamos haciendo algo que alimenta nuestro llamado.
Cada vez estoy más convencido de que el trabajo creativo es uno de los grandes estimulantes del ser humano. No importa si se trata de escribir un artículo, plantar un árbol, cocinar un platillo nuevo, diseñar un jardín, resolver un problema o imaginar un proyecto para la empresa. Crear nos pone en movimiento, nos hace sentir vivos y nos siembra un propósito en nuestra vida; nos recuerda que todavía podemos aportar valor al mundo, aunque sea a un rincón tan diminuto como ese, donde estamos creando.
Quizá por eso me conmueve tanto aquella idea bíblica de que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. Porque si Dios es el Creador, cada vez que creamos algo, también nos acercamos, aunque sea un poco, a esa promesa de que Dios vive dentro de nosotros.
En un momento de inspiración, descubro algo:
Cuando estamos construyendo un proyecto, el proyecto también nos está construyendo a nosotros.
Crear crea identidad.
Una persona cuando empieza a diseñar y luego lo vuelve a hacer una y otra vez, se crea como diseñador. Y así, en toda actividad. ¿No te parece fascinante cómo nos cocreamos al crear?
Hoy, escribiendo aquí, al principio creí que era otra de mis columnas. Al final descubrí que no era eso lo más importante. Lo verdaderamente valioso fue recordar la alegría de crear, la columna y mi identidad como escritor.
Tal vez por eso vale la pena escuchar ese impulso creativo cuando aparece. Es un llamado a ser. Cuestión de hacer.
Si desde hace tiempo tienes ganas de escribir, escribe. Si deseas pintar, pinta. Si quieres aprender un instrumento, empieza. Si quieres emprender un negocio, atrévete.
Si hay una idea que lleva semanas llamando a la puerta de tu imaginación… ábrele.
Porque cuando creas, creas mucho más de lo que creas.
¡Te creas!
Alejandro Ariza Z.
| Médico psicoterapeuta, autor y conferenciante inspiracional.
Haz clic en el enlace de tu interés:
Consulta psicoterapia · Conferencias · Contacto · WhatsApp privado

Deja un comentario